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Libya before and after 2011

2011

La primera imagen de la guerra que veo en Libia es una paradoja: un niño juega arriba de un tanque en la Plaza del Tribunal, en Benghazi. Hace tres meses, esta ciudad era un hervidero de balas, gritos y sangre. Ahora es un lugar donde la guerra parece un eco lejano. Los rebeldes hicieron suya estas calles a fines de febrero y, desde entonces, los rayados en las paredes y los panfletos en contra de Moammar Jaddafi son el decorado cotidiano. De tanto en tanto, un francotirador, leal al coronel que lleva más de 40 años en el poder, dispara una solitaria bala contra la población que se ha sublevado. Es que en una guerra la victoria puede ser tan definitiva como un espejismo. Incluso aquí, en Benghazi, la ciudad símbolo de la rebelión.

El viaje ha sido largo. Crucé en bus la frontera desde Egipto y seguí adentrándome rumbo al corazón de Libia en autos que parecen de otro tiempo. Entro a Benghazi en taxi, en un Volkswagen del ‘70 que, por poco, se cae a pedazos. Los edificios y las calles dejan ver los rastros de la ofensiva del ejército libio que trató de retomar el control de la ciudad sin éxito. Los rebeldes se pasean en camionetas a las que le han acondicionado metralletas en la parte posterior. Por las tardes, mujeres y hombres llegan a la Plaza del Tribunal para orar hacia La Meca y gritar que Libia es libre, que Jaddafi tiene que irse, que Alá es grande.

Los bengazhires no hablan de otra cosa que no sea de la guerra. A quien les quiera oír le cuentan la historia del general que luchó junto a los rebeldes y que arriba de un avión ofreció resistencia al Ejército, prácticamente solo, mucho antes de que la OTAN decidiera entregar su apoyo. Es uno de los cientos de héroes a los que el muro de Benghazi homenajea. La gente llega hasta aquí para recordar a los mártires de esta guerra corta pero sangrienta.

Tomo fotografías del muro de Benghazi cuando un hombre me pide que cuente al mundo la historia de su hijo. Se llama Shueib y es el padre de Rami Al-Kaleh, el músico libio nacido en Irlanda que compuso una canción que se ha convertido en la bandera mundial de los rebeldes: “We will not surrender”. Rami, junto a otros dos amigos músicos, decidieron escribir la canción en recuerdo de una veintena de víctimas inocentes que cayeron a mediados de febrero, cuando Jaddafi ordenó acallar las protestas en Benghazi a punta de balas. La escribieron en inglés para que todo el mundo supiera lo que estaba sucediendo en Libia. El 4 de marzo la canción estaba lista. Sin embargo, Rami no alcanzó a grabarla. El 8 de marzo, cuando iba a buscar a su hermano al colegio, un francotirador acabó con su vida en la puerta de la casa de su padre.

La canción, que fue subida a Youtube, dice en una de sus partes: “Nuestra bandera no caerá/ seguirá flameando en lo alto siempre/ No nos rendiremos/ Ganaremos o moriremos”.

Más allá de las muertes, el optimismo en Benghazi crece. Lejos del alcance de los misiles, los soldados rebeldes aseguran que a Jaddafi no le queda más de una semana. No importa que esa certeza la vengan diciendo desde hace un par de meses ni que un coche bomba haya explotado en el hotel Tbilisi, en respuesta a las declaraciones del ministro de Relaciones Exteriores de Italia, Franco Frattini, que en el mismo hotel, un día antes, había dicho que Jaddafi estaba acabado.

Incluso, una canción lo ridiculiza. Tomando las frases de un discurso en el que anunciaba que perseguiría a los rebeldes por todas las calles, todos los días, una banda ha hecho un remix que también es un hit: Dar dar, zanga zanga.

No hay dos opiniones en Benghazi: son los últimos días del dictador.

Pero la guerra que quiero fotografiar no está en Benghazi sino más cerca de Trípoli. En una ciudad tomada por los rebeldes y en donde se libran hoy día los combates más encarnizados: Misrata. Para llegar hasta allá hay un solo camino, el mar, ya que la ciudad se encuentra totalmente rodeada por las tropas de Jaddafi. Es un pequeño enclave rebelde que da la batalla en tres frentes: el frente sur, el frente este y el oeste, que es el más importante ya que está en la ruta para llegar a Trípoli. Antes de embarcarme hasta allá paso por un pequeño campo de entrenamiento militar en donde unos 300 libios, de todas las edades, que visten jeans y poleras, toman por primera vez un fusil o aprenden cómo disparar un mortero luego de calzarse el uniforme de guerra. Son estudiantes, oficinistas, empleados de compañías petroleras, campesinos, carniceros, dependientes de farmacias, mecánicos. Parece que jugaran a la guerra en medio de neumáticos que arden y despiden un humo negro y espeso. Supongo que saben que esa no es la realidad, aunque sospecho que no imaginan hasta dónde puede llegar el horror de la verdadera guerra.

Navego entre Benghazi y Misrata a bordo del Azzurra, un ferry que va atestado de gente. Nos escolta una barcaza de la OTAN. En cualquier momento podríamos estar a tiro de un misil del ejército capaz de hacernos volar a todos. Viajo con otros periodistas, con libios que van a apoyar la causa de los rebeldes o heridos que han sido curados en Benghazi y que ahora vuelven para seguir peleando. Sé que todo va cambiar cuando llegue a Misrata. Sé que una vez que ponga un pie en esa ciudad no podré dejar de lado mi casco y el chaleco antibalas que pesa cerca de diez kilos.

Decir que Misrata está destruida no es hacer justicia a lo que ven mis ojos. Un terremoto habría hecho menos daño en esas calles que ahora, con la luz de la tarde que cae, ofrece la postal de una ciudad en ruinas. Hace algunas semanas la guerra se libraba en estas mismas calles por las que camino. La habilidad de los rebeldes para el combate callejero, casi de guerrilla, hizo retroceder al ejército libio al punto de relegar los enfrentamientos a 25 kilómetros de la ciudad. Los habitantes están orgullosos de esto: “Somos la ciudad que ha resistido con más bravura. La huella de nuestra valentía está en las paredes derruidas, en el paisaje que ya no está”, dice un rebelde misratiano, mientras se oye el eco de los misiles que caen en la línea de fuego.

En Misrata todo es gratis. El hotel en el que me quedo es un cinco estrellas que está absolutamente reventado: el piso de mármol, los restos del bar y los comedores, la piscina que aún vacía asoma imponente, dan cuenta de lo que fue. Quien ha sido el administrador del hotel por años, hoy sigue ejerciendo su labor en medio de las ruinas. Me recibe y me lleva hasta una habitación de unos 80 metros cuadrados. “Le pido disculpas porque no tenemos agua caliente”, me dice. No me cobra ni el desayuno, ni el almuerzo ni el alojamiento. Intento darle algo de dinero pero se resiste. A su manera es también un héroe. Como un fantasma continúa recibiendo visitantes, a pesar de que en el frente de Dafniyah perdió a su hijo y a cuatro familiares más.

Zumba, uno de los líderes de la revolución en Misrata, trabajaba en una compañía petrolera. Es él quien me lleva hasta la línea de fuego en Dafniyah arriba de una camioneta. Mientras habla por radio conduce a casi 200 kilómetros por hora. Le digo que se lo tome con calma. La camioneta va atiborrada de explosivos y armas y si nos volcamos nos tendrán que recoger en pedacitos. “No te preocupes, Alá está con nosotros”, me responde y acelera todavía más. Los rebeldes esperan por ese armamento.

La prudencia me obliga a desistir de ir a la línea de fuego. Sin embargo me quedo en un hospital de campaña que está a 400 metros de la zona donde se apostan los rebeldes. Es un momento de calma y relajo. Los médicos comen protegidos a la sombra de unos árboles, fuman cigarrillos, toman café. Junto a ellos está Aman Yarab, un niño de quince años.

¿Qué hace un niño de 15 años a pocos metros de la línea de fuego?

“Limpio. Limpio la sangre de los heridos y ayudo a los doctores a poner inyecciones”, dice. Yarab es regordete y risueño, pero de seguro ha visto más de lo que cualquier otro niño de 15 años ha visto en todo el mundo. “He visto gente que llega sin brazos, con los huesos a la vista. He visto morir mucha gente. He visto a hombres que lloran de dolor y otros que lloran por que se ha muerto un amigo o un hermano”.

-¿Puedes dormir después de ver todo eso?

-No duermo mucho. Tengo pesadillas.

-Entonces, ¿por qué sigues haciéndolo?

-Porque hay un mensaje de Alá detrás de todo esto. Él nos está apoyando. Me gustaría ir al frente, pero no me dejan. Lo único que puedo hacer es ayudar en el hospital.

-¿Quieres ser doctor cuando grande?

-No, me gustaría morir en la línea de fuego, como un héroe. Los que mueren como héroes tienen un lugar en el Paraíso.

En un momento el suelo se estremece. Son los misiles Grad, de fabricación soviética, que atraviesan cerca de 15 kilómetros para comenzar a caer en forma de lluvia. La rutina del infierno comienza a tomar forma. Los médicos retoman posiciones intuyendo lo que viene. Los rebeldes hacen sonar las bocinas de sus autos que llegan a toda velocidad al hospital. En pocos minutos la escena se transforma. Los mismos rebeldes cargan los cuerpos de sus compañeros mutilados; algunos sin piernas, otros con heridas en carne viva. Hay alaridos de dolor, llantos y el grito de Alá es grande se repite como un mantra que mezcla impotencia, rabia y resignación. El reguero de sangre es impresionante. En algunas camillas los médicos intentan reanimar a sus compatriotas presionando con sus manos el pecho de las víctimas. Uno, dos, tres, diez veces. En la mayoría de los casos resulta en vano y sólo queda limpiar la sangre que mancha la piel y coser los agujeros que las descargas han dejado en esos cuerpos ya inertes. Si la guerra en la línea de fuego es terrible, la que libran los médicos contra la muerte es todavía más dramática. Las veinte camillas se hacen pocas. Los rebeldes que no llegan muertos se mueren en las camillas. Y no es mucho lo que se puede hacer.

Monder Karayen tiene 28 años y lleva tres semanas trabajando en el infierno. Es un médico que ha salvado cientos de vidas trabajando ahí, a pocos metros de dónde estallan los misiles. Sin embargo, en este viernes negro la tristeza lo supera. “No sé cuánta gente ha muerto, pero son muchos. Me siento absolutamente frustrado, porque estamos perdiendo a nuestra gente. Hemos hecho un esfuerzo, pero es inevitable. Lo que más me duele son esos jóvenes que no podrán compartir el sueño de vivir en una Libia libre. Ellos podrían haber construido el nuevo país. Lo único que me consuela es que están en el cielo ahora. Imagino que muchos partirán después. Hemos logrado mantener con vida a varios, pero nadie nos asegura que mañana o pasado seguirán con vida”, dice con la mirada que palidece.

He tenido pocos encuentros tan cercanos con la muerte. Si Dios existe es en estos momentos en los que te acercas a él, aquellos en donde la vida humana parece tan precaria, tan vulnerable. Treinta y un rebeldes murieron en esa jornada y hubo cientos de heridos.

En las últimas escaramuzas, los rebeldes han conseguido tomar prisioneros a dos miembros del Ejército Libio: un general y un soldado. El primero pide que no lo graben. Me asegura que lo empujaron a pelear contra los rebeldes. Dice que desde el principio estuvo de acuerdo con la causa, pero que no podía hacer nada ya que tiene a su mujer y a ocho hijos en Trípoli. Uno de ellos nació el mismo día en que estalló la revolución: el 17 de febrero. Lo único que quiere es que la guerra acabe luego para poder volver a tener en sus brazos a su hijo.

La versión del soldado es parecida. Parte aclarando que él se entregó. También fue obligado a pelear contra los rebeldes. En un momento de la entrevista se emociona. Le preocupa su madre que es mayor y que está enferma. Asegura que sus superiores los tenían convencidos de que en las fuerzas rebeldes sólo había mercenarios extranjeros, que violaban a las mujeres y que tomaban drogas para combatir.

Una vez que termina la entrevista, los rebeldes que lideraron la captura de los prisioneros me aseguran que sólo dijeron mentiras. Que ellos habían llamado a un teléfono que les dio el general para informar a su familia de su estado y nadie respondió. “Lo más probable es que sea un peso pesado. Un hombre que sabe muy bien lo que dice. Y que entró en la guerra porque sólo quiere aplastar la revolución”, dice uno de los líderes rebeldes.

No sé a quién creerle. Vuelven a mí las imágenes del hospital del día anterior y no puedo evitar pensar que esos mismos hombres con los que recién conversé pueden haber ordenado o disparado uno de esos misiles Grad que han arrasado con tantas vidas.

Sin embargo, lo más duro está por venir.

Al día siguiente parto a la línea de fuego. Los rebeldes han acondicionado camionetas 4×4 con placas de metal como escudos y han dispuesto armamentos en las cabinas. Grandes montículos de tierra funcionan como trincheras donde se parapetan del ataque enemigo.

Estoy en el mismo lugar donde hace unos días murieron los 31 rebeldes. A dos kilómetros de distancia, siguiendo la avenida principal que sale de Dafniyah y que conduce a Trípoli, están las fuerzas del ejército libio. Los rebeldes no son más que veinteañeros, algunos sin cascos ni chalecos antibalas. Fuman. Toman té. Comen unas galletas mientras esperan el momento de actuar. El padre de uno de ellos, Kamahl, me dice: “Aunque se mueran 100 mil ó 200 mil de nosotros no nos vamos a ir. Pelearemos hasta que Jaddafi se vaya”. Kamahl está acompañando a su hijo quien lleva 45 días peleando en el corazón de la línea de fuego. Hasta hace poco él era contador de una compañía petrolera. Llevaba quince años en ese puesto. “No soy militar. Nunca había tomado un arma. Mi hijo quería pelear y yo no podía negarme. ¿Por qué estoy acá? Para pelear a su lado”.

La línea de fuego se extiende horizontalmente por unos tres kilómetros. Recorrerla es como encontrarse en las bambalinas de un teatro; esa intimidad doméstica tan impensada para una guerra. Un grupo que calienta una tetera tiznada en una fogata. Otros, duermen la siesta. Hay quienes recorren la línea repartiendo sánguches o revisan las municiones o escriben cartas para sus familiares.

Zamel El Sufri nació en Misrata, pero en los últimos años había vivido en Australia. Llegó el 1 de marzo para luchar por la libertad de Libia. Y es uno de los líderes de la facción que pelea en Dafniyah. Mientras sus compañeros se relajan viendo televisión, él apaga el cigarro en un cenicero y me invita a dar una vuelta.

Subimos a la camioneta y al lado de la palanca de cambios deja su AK-47. Yo me ajusto el casco y el chaleco antibalas. Zamel se pasea por la línea de fuego como quien lo hace por el patio de su casa. Se baja y conversa con los otros rebeldes. Me indica el lugar donde hace unos días cayeron un par de misiles y murieron dos de sus compañeros.

-¿Y en qué momento los lanzan?

-En cualquier momento. En un minuto es todo tranquilidad, y al siguiente es el infierno. Hoy parece un día tranquilo. Pero nunca se sabe.

Zamel me explica que son muchos los libios que estaban trabajando en diferentes lugares del mundo y que han dejado todo para venir a pelear contra Jaddafi. “Muchos hemos vuelto por la guerra. Desde América, desde Canadá, desde Inglaterra. Yo he regresado desde Australia, porque al igual que mis compañeros, quiero mucho a mi país. Hemos esperado largo tiempo por un momento como éste y el momento ha llegado. Y la gente de Misrata ha sido clave, Nuestra ciudad es la Stalingrado de Libia”.

Por poco no vive este momento. A mediados de abril, una bala de 23 milímetros casi le atraviesa el corazón. Pasó a centímetros y salió por su espalda. Sólo queda una cicatriz y una certeza: “Los milagros existen”, dice Zamel.

Mientras intentan a llegar a Zilten, la ciudad desde donde esperan saltar a Trípoli en el asalto final, los otros rebeldes terminan de pintar un distintivo en la puerta de una de las camionetas que usan para desplazarse.

-¿Qué dice ahí?

-Es el símbolo de nuestro grupo: el ancla de Alá. Nosotros somos el ancla, porque de acá no nos va a mover nadie –dice Zamel.

En un momento, tengo la sensación de que estoy paseando por el campo. Aquello no parece la guerra y las risas de los rebeldes ayudan a distender la situación. Pero entonces se escuchan los estruendos y mientras Zamel me dice que me tire al suelo, siento cómo los misiles pasan por arriba de mi cabeza. No sé cuántos son. Subimos al auto que está más a mano, un viejo Peugeot 205 blanco, que en una de sus puertas tiene la huella de una ráfaga, y tratamos de escapar. La lluvia de misiles no para. Sólo pienso en dos cosas: en Dios y en salir lo más rápido posible de ese lugar.

Afortunadamente no hubo heridos y yo ya estoy de vuelta en Misrata arriba de un ferry que me lleva a Benghazi para iniciar el retorno junto a varios centenares de nigerianos que huyen de la guerra. La costa se hace cada vez más lejana. Un vacío se me instala en la boca del estómago. Cuánto tiempo irá a pasar antes de que regrese. A cuántos de los que conocí no los volveré a ver en la vida. Casi como una despedida, dos fumarolas se levantan allá lejos, cerca del puerto. Parece que Jaddafi dio en el blanco. Espero que el casco que le regalé a uno de los rebeldes le ayude a seguir vivo.

Me acerco a un par de rebeldes que miran curiosos la pantalla de un celular. ¿Qué miran?, les digo. Me muestran la pantalla. Es el matrimonio de la hija de Jaddafi. Una ceremonia llena de pompa y lujo. Me ofrecen café y cigarros. Y los tres  nos quedamos mirando el baile de la novia.

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